Texto originalmente publicado en Demos cara al miedo.

En los últimos días han rulado muchos fotos y anécdotas de personas que han perdido la cabeza y están haciendo cosas que son absurdas ante la realidad del virus. Lo más visto han sido por un lado el maldito papel higiénico y otras compras compulsivas y por otro lado toda esta gama de mascarillas caseras de cualquier material. Todos en algún momento nos hemos reído ante estas imágenes. Nos hacen sentir mejor, a menudo nos regocijamos en la estupidez de aquellos sujetos. ¿Pero realmente estamos tan lejos de hacer esto? ¿Realmente no podríamos ser nosotros?

Claro, ahora que aún estamos con cierta tranquilidad y comodidad nos puede parecer que no. Pero yo creo que sí, que esto podría pasar a cualquiera. Ahora hay un abismo por el que se puede caer cualquiera en cualquier momento. Si no te cuidas esto mañana podrías ser tú.

Cuando juzgamos a las personas en estos imágenes cómo idiotas cometemos un error gravisimo: Juzgamos desde la razón y desde ella lo que hacen no se ve ningún sentido. Ninguno. Parece absurdo. Pero estas imágenes cogen mucha lógica cuando nos acercamos desde un punto de vista emocional. Porque la emoción tiene su propia lógica y está lógica tiene mucho más influencia en lo que decimos, pensamos y hacemos de que quisiéramos admitir.

Un ejemplo muy común y evidente son aquellas cosas que salen de nuestra boca cuando nos enfadamos y por unos momentos sentimos un deseo de hacer daño. ¿Quién no ha dicho barbaridades en algún momento de rabia? Barbaridades de los que nos arrepentimos poco después de soltarlas. O al contrario, cuando por enamoramiento ignoramos todas las señales negativas. Somos capaces de construir todo un imaginario que no tiene nada que ver con la realidad solo para proteger nuestro enamoramiento. Hacemos unas acrobacias mentales increibles para ajustar nuestra percepción consciente a lo que deseamos. Y luego actuamos según esta percepción fantasiosa. Desastre programado, pero normal y humano. Primero fuimos cuerpo y emoción, el pensamiento vino después.

Y ahora mismo, con este virus, se ha desatado otra emoción en la sociedad: el miedo.

Y un virus desconocido es algo que da miedo. El bombardeo mediático es algo que aumenta el miedo. Las contradicciones e informaciones cambiantes lo alimentan también. Ver el futuro en riesgo da miedo. El cambio radical de la vida cotidiana da miedo. El aislamiento da miedo. Ver las calles vacías da miedo. El ejercito en las calles da miedo. Ahora mismo todos estamos sintiendo miedo, solo varían los grados y maneras de manifiestarse.

En cierta medida el miedo es sano, nos avisa de que hay un peligro y nos pone en la actitud necesaria para responder a la altura. El miedo puede llevar a un estado de alerta el que aumenta nuestras capacidades. Muy útil par momentos de crisis. Pero también nos puede paralizar. O mandarnos a huir. O volvernos agresivos. O nos puede imponer un estado de histeria cuyos impulsos no tienen ningún sentido. No somos capaces de parar aunque a menudo sabemos que lo que estamos haciendo es absurdo. Cómo amasar papel higiénico por ejemplo.

Son reacciones naturales humanas que responden a mucha ansiedad interna. En vez de reírnos de aquellos que muestran comportamientos absurdos deberíamos preguntarnos: ¿Qué están sintiendo? Por dentro seguramente están sufriendo, se sentirán desesperados, perdidos, solos… Nos deberíamos preguntar que podemos hacer para ayudarles en vez de señalar.

Y también nos debemos preguntar cuantas vueltas de tensión aguantaremos nosotros antes de que el miedo nos mandará a hacer locuras similares. Porque las vueltas vendrán. Esto recién está empezando, irá a peor. ¿Estás preparado para seguir funcionando de manera normal? ¿Para aguantar la tensión que vendrá en estas semanas? Una pregunta fundamental en este momento es cómo manejar nuestros procesos emocionales. Debemos desarrollar herramientas para prevenir que el miedo nos coma la razón.

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