Texto originalmente publicado en De palo en palo.

Estas semanas pasadas las redes han estado inundadas de llamadas a votar, la buena izquierda enviaba por todos los canales el mensaje “Vota, por favor, vota. Vota para frenar a la extrema derecha, vota para defender a democracia, la mujer, la naturaleza, la libertad…, ¡vota!”. A mi, una persona que viene del anarquismo, que lleva dos décadas apostando por la abstención activa, que está profundamente convencida de que este sistema político no sirve a aquellos que más lo necesitan, me obligó a revisitar mi posicionamiento.

Como vosotras llevo observando el auge mundial de la nueva derecha y me genera un malestar creciente, me infunde miedo, bastante miedo. Temo lo que VOX y partidos similares están desatando en en el mundo, temo la violencia verbal, física e institucional que acompaña a su ascenso. El miedo está ahí y hasta cierto nivel esta bien, porque me advierte de un peligro importante. ¿Pero hasta que punto debo dejarme aconsejar por el? ¿Hasta que punto me ayuda a encontrar la solución y a partir de que punto me ciega?

Imaginemos una casa mal construida, en la que cuando llueve chorrean las goteras. Para enfrentar este problema me ocurren tres opciones: Puedo esforzarme para controlar el agua cada vez que llueve, o me puedo subir a tejado y repararlo, o puedo abandonar la casa y construir una nueva. La primera solución es la más cómoda durante los días secos, pero a largo plazo me mantendrá en situaciones de emergencia regulares, un estado de pánico continúo, en el que estoy combatiendo una y otra vez a las consecuencias del edificio inadecuado en el que vivo. Subirme al tejado puede solucionar el problema de las goteras. ¿Pero cuanto daño ha hecho la humedad a la estructura? ¿Cómo está el resto de la construcción, bien hechos o igual de mal como el tejado? ¿Realmente me salvo arreglando el tejado, o solo soluciono un problema entre muchos? ¿Me pasaré la vida arreglando un problema de la casa tras otro? Derrumbar la casa y ponerse a construir una nueva a corto plazo parece la peor solución, me quedaré sin techo ni paredes, desprotegida, con el esfuerzo tremendo de planificar y construir todo un edificio por delante. Pensar en ello da vértigo y pereza. Pero si lo miramos analizando el problema con distancia y razón, ¿no es la solución que al final me va a desgastar menos? ¿El único camino de solucionar el problema de verdad?

Y ahora, ¿que estamos haciendo en la vida real? ¿No son estas crisis actuales algo similar, nosotros de pánico porque tenemos el agua hasta las rodillas, luchando contra inundación tras inundación, cuando el problema real es el edificio podrido que es nuestro sistema social, económico y político? ¿Qué nos dejamos distraer tanto por el miedo a las consecuencias que se nos olvida buscar a las causas del problema?

Un tema en el que en todos los ámbitos cada vez hay más personas que lo ven claro es la conexión entre el capitalismo y el colapso medioambiental. Es un problema del edificio, de la estructura entera: La lógica del “libre mercado”, la de beneficio y crecimiento eterno, son los fundamentos éticos e institucionales del sistema nos llevan a la destrucción. Ya estamos en un punto tan extremo de este proceso que la extinción de la humanidad se ha convertido una realidad probable. Si queremos sobrevivir es urgentemente necesario que cambiemos de dirección. ¿Pero como se hace esto? ¿Luchando por leyes que regulan el mercado capitalista o creando una nueva lógica económica? Estoy convencida de que la respuesta está en lo segundo, juntos con todos y todas aquellos que estamos apostando por economías alternativas, sea desde el autoconsumo, la economía solidaria, la economía noviolenta, la economía del bien común… Estas corrientes, con todos sus fallos, forman parte de la búsqueda de una alternativa, de empezar a construir este edificio nuevo que necesitamos con tanta urgencia, un edificio que presenta una alternativa probada y viable al capitalismo. Y lo que hace unas décadas eran cuatro locos de los que se reía todo el mundo hoy en día ya tiene un desarrollo que no es tan fácil de ignorar.

Ahora, ¿qué tiene esto que ver con las elecciones y poner tanto esfuerzo a frenar a VOX? Pues, aunque nos cueste más admitirlo, con la democracia representativa está pasando lo mismo. Es un sistema que está fallando, que está entrando en una crisis profunda. Las consecuencias más claras de esto son el ascenso generalizado de la abstención y de las derechas modernas, síntomas que no debemos confundir con la enfermedad. Tenemos que preguntarnos, ¿por qué? ¿Por qué cada vez menos personas votan o se entregan a fuerzas antidemocraticas? Porque sienten que este sistema no sirve y no encuentran propuesta alternativa. ¿Quién hoy en día realmente cree que los políticos nos representan y obran a favor nuestro? Y menos si eres de los marginalizados. Este sistema no sirve a los que peor están, no sirve a los que se están ahogando en el mar, mientras un gobierno de izquierdas boicotean los intentos de salvar vidas, no sirve a los que se están muriendo de hambre en Yemen mientras ningún partido propone medidas contra la guerra, no sirve una subida de sueldos mínimos cuando la precariedad vital de muchas personas les impide acceder ni siquiera a estos. Esta democracia deja muchas personas y necesidades al margen, les destierra a la periferia, así que es lógico que la periferia deja de creer que los políticos les representan, deja de votar.

Y es lógico, cuando el sistema electoral está organizado de una manera que impone los intereses de una mayoría acomodada a las necesidades de la minoría marginalizada, cuando muchas decisiones se hacen con el criterio de: ¿Qué atrae más votos? y no con ¿Qué trae más justicia? Es lógico cuando vivimos en países en los que no es posible hacer política a favor de los marginalizados porque dependemos de los poderes facticos, de los multinacionales, porque –aunque hubiese voluntad política de enfrentar a los intereses financieros– los partidos tienen las manos atadas: No estamos preparados para enfrentar los castigos que reciben los gobiernos desobedientes a los mercados internacionales. Es lógico si recordamos que al votar entregamos el poder de decisión sobre nuestras vidas a un grupo de personas sobre el que no tenemos ningún mecanismo de control. Ellos pueden decidir lo que quieren, independiente de nuestros deseos o las promesas que nos han hecho. Es lógico que cada vez hay más personas que dejan de creer en la democracia representativa, que no se sienten representados por nadie. La abstención y el auge de partidos de derechas no son más que síntomas de la enfermedad, son señales de que este edificio se está derrumbando.

Y como el derrumbe del capitalismo, creo que el derrumbe de la democracia representativa es inevitable. Y campañas como el “Vota por favor” no hacen más que apuntalar el edificio, hacerlo aguantar unos años más – en el mejor de los casos. Está en nuestras manos si perdemos nuestra energía intentando rescatar lo irrescatable, o si empezamos a prepararnos para el día que pase, a prepararnos para no ser enterrado debajo de las piedras cuando caiga este edificio malconstruido.

En las economías alternativas hay una búsqueda activa de modelos de funcionamiento distintos, una búsqueda cuya respuesta implica cambios radicales de vida a nivel individual y colectivo. Hace falta una búsqueda similar en el tema de la gobernanza, de la organización realmente democrática, para poder rescatar lo que es liberador y revolucionario en este concepto: Que el pueblo se autogobierne.

Y esto me lleva a las preguntas del día: ¿Cómo creamos formas de diálogo en los que la voz de todos es escuchado y recogido? ¿Cómo creamos mecanismos de toma de decisión que equilibran las necesidades de todas las personas y las del ecosistema? ¿Cómo generamos una sociedad en la que el gobierno sea desde, por y para el pueblo, de todo el pueblo?

Es urgentemente necesario avanzar en la respuesta a estas preguntas, tanto a nivel teórico como práctico, porque más que el auge de la derecha actual temo lo que pasará si no descubrimos un camino hacia una democracia real y viable pronto, un camino que nos permita realmente desescalar esta espiral destructiva que amenaza toda la vida humana. Así que, decidas votar hoy o no, por favor mantén consciente que, si queremos encontrar una respuesta viable a esta sociedad mortal, hace falta ir mucho más allá de las urnas.

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